Cambiar de rumbo o rendirse: la frontera borrosa

El cansancio como brújula

A veces me descubro mirando los objetivos que escribí meses atrás. Algunos ya no tienen sentido. Otros me parecen absurdamente lejanos, como si los hubiera escrito otra persona. Y están los que persisto en perseguir, aunque ya no tengo claro por qué.

El cansancio se mete en medio. No el cansancio físico, sino ese desgaste lento que se instala cuando persigues algo por demasiado tiempo. ¿Es señal de que hay que abandonar? ¿O simplemente es el precio inevitable de avanzar hacia algo que vale la pena? No lo sé. A veces creo que el cansancio es una brújula, otras veces pienso que es solo una trampa.

La fidelidad a los planes

Hay una especie de orgullo en no abandonar. Una especie de fe ciega en la disciplina. Como si modificar una meta en el camino fuera un acto de traición. ¿A quién traiciono? ¿A mi yo del pasado, que se sentó a escribir esa lista de propósitos? ¿A la imagen que quiero que los demás tengan de mí?

A veces siento que soy esclavo de mis propios planes. Que sigo adelante por pura inercia, por no enfrentar el vacío de no saber qué quiero. Hay una comodidad extraña en tener un objetivo, aunque ya no me importe tanto. Es preferible a quedarse sin ninguno.

La sospecha de la huida

Pero está el otro extremo. La duda de si cambiar de objetivo es, en el fondo, una huida. ¿Estoy renunciando porque ya no me interesa, o porque me da miedo fracasar? ¿Estoy ajustando el rumbo o simplemente escapando? No es fácil distinguirlo. Hay días en los que todo parece legítimo: la renuncia, la perseverancia, el cambio. Otros días, todo huele a excusa.

Me gustaría saber si los demás también sienten esa sospecha. Si también se preguntan si están huyendo de algo, o simplemente cambiando de dirección. No conozco a nadie que tenga una respuesta definitiva.

Seguir sin garantías

No hay forma de saberlo con certeza. A veces uno sigue porque no sabe hacer otra cosa. O porque cambiar de rumbo sería admitir que todo el esfuerzo anterior fue en vano. O porque, simplemente, no hay nada mejor que hacer.

Así sigo. Con la sensación incómoda de que podría estar perdiendo el tiempo, o escapando de algo, o quizás, solo quizás, avanzando hacia un sitio que algún día me importe de verdad. No hay garantías. Nunca las hubo.

Para seguir pensando

– “La fatiga de ser uno mismo”, Alain Ehrenberg

Tabla de contenidos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *