Disciplina: El Método y Nada Más

Palabra vieja, hábito torcido

Disciplina es una de esas palabras que se desgastan en la boca. La escuché por primera vez en la escuela, como quien escucha la palabra “castigo” o “obediencia”. No tenía buena prensa. Me imaginaba filas, cuadernos, premios para los callados. Más tarde, la palabra se volvió una especie de mantra, pero sin entusiasmo. Solo la repetía porque no encontraba otra.

La etimología, dicen, viene de “discere”: aprender. Pero la disciplina que conozco no tiene nada de iluminador. No es un descubrimiento, es una costumbre. No se parece a la curiosidad. Es el método de seguir, aunque no haya nada nuevo que descubrir.

Al final, la disciplina es solo eso: un método. Ni bueno ni malo. Un andamiaje sin promesas.

Sin garantías, sin sentido

He buscado razones para hacer las cosas. No las encuentro siempre. La disciplina aparece cuando las razones se agotan o se vuelven irrelevantes. Es el gesto repetido, la rutina que no necesita explicación. La disciplina es lo que queda cuando el entusiasmo se va.

No tiene glamour. Tampoco tiene recompensa asegurada. Hay días en que la disciplina es lo único que se sostiene, aunque no sirva para nada. No hay medallas para quien sigue, solo porque sí. La mayoría de los días, ni siquiera hay testigos.

La disciplina, entendida así, es incómoda. Es la decisión de continuar sin saber por qué. Y sin que importe demasiado.

El método vacío

A veces la disciplina es una excusa. Un modo de no pensar demasiado. Un refugio en la repetición. Si no hay un método, me pierdo. Si lo hay, me aburro. Pero prefiero aburrirme a perderme.

No hay épica en levantarse temprano solo por costumbre. No hay historia que contar cuando uno hace lo mismo, todos los días, sin resultado visible. La disciplina es un método vacío, pero es el único que tengo.

Podría inventar otros. Podría buscar inspiración, motivación, claridad. Pero todo eso se evapora. El método, aunque esté hueco, permanece.

La incomodidad de seguir

No hay nada heroico en la disciplina. No hay nada que admirar. Es un gesto sordo, a veces obstinado, a veces mecánico. Un modo de pasar los días.

Quizás la única utilidad de la disciplina sea esa: dar forma al tiempo cuando no hay nada más. No es una virtud, ni un defecto. Es lo que hago cuando no sé qué hacer. O cuando ya no espero nada.

No hay moraleja. No hay cierre. Solo la posibilidad de seguir, por seguir.

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