El arte de aflojar (o la sospecha de que no es para todos)

La teoría del esfuerzo relajado

A veces escucho esa frase: “No te tomes las cosas tan en serio”. O su versión más sofisticada: “Trabaja con distancia, afloja, deja que fluya”. Como si hubiera una especie de ciencia oculta detrás del éxito tranquilo, una receta que mezcla disciplina con ligereza y que, en teoría, evita el desgaste y el agobio.

La imagen es tentadora. Alguien que avanza sin sudar, que produce resultados sin apretar los dientes. Gente que parece tener un termostato interno, capaz de bajar la ansiedad a voluntad. No sé si envidio o desconfío de esa gente. Dicen que el secreto es no obsesionarse, no apretar demasiado la tuerca. Que si uno se relaja, todo sale mejor.

Pero no todos tenemos ese botón de aflojar. Hay días en que la única forma de avanzar es con el estómago retorcido, con la mandíbula apretada. No porque sea lo ideal, sino porque es lo único que sale. Aflojar, para algunos, no es una opción sino una amenaza: el miedo a quedarse quieto, a perder el ritmo, a que todo se deshaga en cuanto uno baja la guardia.

El miedo a soltar

La distancia, dicen, ayuda a ver las cosas con más claridad. Pero la distancia, para mí, a veces es solo otra forma de alejarme de lo que quiero. Hay una tensión constante entre el deseo de avanzar y la necesidad de no romperse.

La gente que logra ese equilibrio parece flotar sobre la superficie, mientras otros nos hundimos en el barro de cada detalle, de cada error potencial. Me pregunto si es cuestión de carácter, de práctica, o simplemente de suerte. Si es algo que se aprende o si, en el fondo, hay personas hechas para el esfuerzo crispado y otras para el avance sereno.

Soltar, aflojar, dejar ir. Palabras que suenan bien en voz ajena. Cuando las digo en voz baja, apenas las reconozco. Me da la impresión de que, si suelto, el hilo se rompe. Y entonces, ¿qué queda? ¿Quién recoge los pedazos?

El esfuerzo no negociable

Hay una idea romántica en el fondo de todo esto: la del éxito sin sufrimiento. El logro sin insomnio, el resultado sin noches en vela. No niego que exista. Pero el precio de aflojar, a veces, es demasiado alto. O demasiado incierto.

No sé si se puede llegar lejos sin apretar. Quizás algunos pueden. Quizás yo no. Hay días en que me gustaría creer en el esfuerzo sin tensión, en la disciplina que no desgasta. Pero la verdad es que, para muchos, el único modo de avanzar es con las manos crispadas y el miedo al fracaso como único motor fiable.

No es una queja. Es solo una observación incómoda: aflojar no es para todos. Para algunos, es solo otra forma de perderse.

El alivio de no encontrar respuestas

Hay una paz extraña en admitir que no se sabe cómo hacerlo de otra manera. Que no hay técnica secreta ni respiración profunda que reemplace el impulso de seguir, aunque duela.

Quizás la distancia no sea un estado natural, sino una pose. O una rareza. O simplemente algo que no me pertenece.

A veces, la única tranquilidad posible es aceptar el agobio y seguir igual. Sin fórmulas. Sin garantías.

Sin aflojar demasiado.

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