El espejismo de apuntar a la luna

El mito del objetivo grandioso

Siempre me ha parecido sospechosa esa insistencia en apuntar lo más alto posible. Como si el simple hecho de fijar la vista en la luna garantizara, por lo menos, aterrizar entre las nubes. Hay algo infantil en esa lógica, una especie de fe en la estadística emocional: si pides demasiado, algo bueno caerá de rebote. La frase suena bien en reuniones o en sobremesas, pero en la práctica, rara vez encuentro a alguien que haya llegado a algún sitio por pura fuerza de aspiración.

No es que no crea en la ambición. La ambición es un motor, pero también es un animal torpe. Puede empujarte hacia adelante o dejarte dando vueltas en círculos, siempre esperando ese golpe de suerte que nunca llega. Apuntar alto, sin más, se parece demasiado a lanzar una piedra al aire y quedarse mirando, a ver si cae en el sitio correcto.

El peso de la estrategia

Me pregunto cuántas veces se confunde el deseo con el plan. Uno puede querer muchas cosas, pero quererlas no las vuelve posibles. Lo que sí ayuda, aunque sea menos glamuroso, es sentarse a pensar en cómo se llega de un punto A a un punto B. No hay épica en eso. No hay fuegos artificiales. Solo una secuencia de pasos, decisiones, retrocesos, ajustes mínimos.

La estrategia suele ser aburrida. No vende camisetas ni frases para Instagram. Pero es lo único que se puede controlar, lo único que se puede medir. El resto es ruido, expectativas infladas, decepciones anunciadas. Nadie quiere escuchar que la clave está en la rutina, en la revisión constante, en la incomodidad de saber que el objetivo puede cambiar a mitad de camino.

El absurdo de las metáforas espaciales

Apuntar a la luna para llegar al espacio es una imagen bonita, pero profundamente absurda. El espacio está antes que la luna. Para llegar a la luna, primero hay que cruzar el espacio. No hay atajos. Ningún astronauta despega con la esperanza de “por lo menos” quedarse flotando en la órbita baja. O se llega, o no. Y si no se llega, la caída es larga y fría.

A veces pienso que nos inventamos estas metáforas porque la realidad es demasiado seca. Nadie quiere admitir que la mayoría de los días consisten en avanzar medio paso, retroceder otro, y así durante años. Que el éxito, si existe, es una excepción más que una regla. Que lo normal es quedarse a medias, o ni siquiera eso.

El recorrido sin fuegos artificiales

Hay un cierto alivio en dejar de apuntar a la luna. En aceptar que el trayecto entre dos puntos es más interesante, y más honesto, que cualquier promesa de grandeza. No hay nada heroico en el esfuerzo sostenido, pero tampoco hay nada que lo reemplace. La disciplina es silenciosa y, casi siempre, ingrata. Pero es lo único que queda cuando las aspiraciones se desinflan y los planes grandiosos se demuestran inútiles.

A veces, lo único que queda es seguir moviéndose, aunque sea en círculos. No hay garantía de llegar a ninguna parte. Tampoco hay consuelo en la idea de que “por lo menos” se intentó. El intento, cuando no se acompaña de dirección, es solo una forma elegante de perderse.

Para seguir pensando

– “El oficio de vivir”, Cesare Pavese

– “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl

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