El silencio del que no arriesga
A veces me pregunto si la verdadera derrota es esa que no deja ningún rastro. Ese vacío limpio, sin marcas, sin cicatrices, sin historias que contar. Hay días en los que reviso mentalmente mi lista de fracasos. No es corta. Ni elegante. Algunos son tan evidentes que todavía me sonrojan; otros, más discretos, se esconden en los pliegues de la memoria. Pero están ahí. Hacen bulto.
Lo inquietante sería no tener esa lista. No haber acumulado suficientes intentos fallidos como para sentir el peso de la incomodidad. Imagino ese estado: una vida sin tropiezos, sin sobresaltos ni decepciones, perfectamente plana. Y me da miedo.
No porque sea admirable, sino porque es silenciosa. Un silencio que no interrumpe nada, que no exige nada. Un silencio que parece descanso, pero es parálisis.
La rutina como anestesia
Hay una forma de fracaso que no se siente como tal. Es más sutil. No arde, no duele, no humilla. Es la rutina. La repetición automática de lo que ya sabemos hacer, una y otra vez, hasta que el tiempo se vuelve una cinta transportadora y uno se convierte en parte del mobiliario.
No hay riesgo. Tampoco hay novedad. Ni preguntas. Ni respuestas. Solo una sucesión de días que se parecen demasiado entre sí.
A veces me descubro deseando ese tipo de seguridad. La tentación de no fallar nunca. De no exponerse. Pero, en el fondo, sé que ahí no pasa nada. Ni bueno, ni malo. Nada.
Y ese “nada” es más aterrador que cualquier fracaso visible.
La acumulación como síntoma
No es que fracasar sea agradable. La mayoría de las veces es incómodo, por no decir humillante. Pero hay algo en la acumulación de fracasos que se parece a la evidencia de estar vivo.
Un inventario de intentos fallidos es también un inventario de movimientos. De preguntas. De pequeñas apuestas. Es, quizás, la única señal de que uno sigue buscando algo, aunque sea a tientas.
Me gustaría pensar que cada fracaso es una especie de huella. Una marca mínima de que, en algún momento, lo intenté. No garantiza nada. Ni aprendizaje, ni redención, ni éxito posterior. Solo movimiento.
Y, por ahora, eso parece suficiente.
El éxito improbable
A veces me cruzo con la idea de que muchos fracasos pueden ser la antesala de un éxito. No estoy seguro. Hay gente que fracasa toda la vida y nunca le llega nada.
Pero también es cierto que el que nunca fracasa, nunca cambia. Y el que nunca cambia, se queda exactamente donde está.
No sé si la acumulación de fracasos es una promesa. Pero sí es una señal. De vida, de búsqueda, de incomodidad.
Y, a falta de certezas, me quedo con eso.