Fracasar para conseguir algo (o nada)

El ruido del éxito

Hay una especie de zumbido constante alrededor del éxito. Un murmullo que se cuela en todo: redes, conversaciones, libros, incluso en las pausas del día. Es un ruido que se siente más fuerte cuando uno está lejos de cualquier meta concreta. No tengo claro si ese ruido es externo o si lo he ido fabricando yo mismo, pieza a pieza, con cada expectativa que no se cumple y cada lista de objetivos que se queda a medias.

A pesar de toda esa insistencia en el éxito, la experiencia más común es otra. Fracasar. No una vez, sino muchas. En formas grandes y pequeñas, ruidosas o silenciosas. Hay fracasos que se cuentan y otros que se esconden. Algunos se quedan pegados, como una mancha que no sale.

No sé si fracasar es necesario para conseguir algo. Pero sí sé que, en mi caso, fracasar es lo que más he hecho.

La mecánica del tropiezo

Lo más incómodo de fracasar no es el golpe en sí. Es el eco. Esa sensación de haber perdido tiempo, energía, dinero, años. La duda de si era necesario pasar por ahí. A veces pienso que si hubiera tenido una hoja de ruta más clara, o menos miedo, o más talento, podría haber evitado algunos de esos fracasos. Pero no tengo pruebas.

Me esfuerzo, repito rutinas, insisto en caminos que no llevan a ninguna parte visible. A veces, después de varios intentos, aparece algo: una pequeña mejora, una oportunidad, un resultado que no es exactamente el que buscaba pero que tampoco es nada. Otras veces, simplemente no pasa nada. Solo queda el cansancio.

Hay una especie de disciplina en levantarse y seguir. No sé si es admirable o simplemente terquedad. Porque seguir no garantiza nada. Ni siquiera garantiza otro fracaso interesante.

La incomodidad de los logros

He notado que, cuando algo sale bien, la sensación es extraña. No hay euforia. Hay alivio, a veces. O una sospecha de que el resultado es más frágil de lo que parece. El éxito, cuando llega, suele tener el tamaño de una migaja. Y casi siempre llega después de varios fracasos que no sirvieron para nada, excepto para recordarme que no controlo el desenlace.

El éxito no borra el historial de fracasos. Tampoco los justifica. En mi caso, los fracasos se quedan ahí, como una colección privada de objetos inútiles. A veces los reviso, como quien repasa fotos antiguas que no quiere mostrarle a nadie.

No hay épica en esto. Solo una especie de acumulación de intentos, algunos caóticos, otros metódicos, todos igual de inseguros.

El precio de seguir

Insistir tiene un costo. No solo el desgaste, sino también la sospecha de que uno podría estar equivocado todo el tiempo. ¿Es necesario fracasar para conseguir algo? No lo sé. Puede que sí, puede que no. A veces siento que la única manera de saberlo es seguir, aunque no haya ninguna promesa de que el próximo intento será distinto.

Fracasar se ha vuelto una parte tan habitual del proceso que ya no sé si es una fase o el estado natural de las cosas. Quizá no se trata de necesitar fracasar, sino de que no hay otra opción. Uno sigue, tropieza, a veces recoge algo del suelo, a veces no.

El ruido del éxito sigue ahí, como una música de fondo que no puedo apagar. Pero cada vez la escucho menos.

Para seguir pensando

– Samuel Beckett, *Worstward Ho*

– Jorge Wagensberg, *Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?*

Tabla de contenidos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *