El reparto
Siempre hay una pequeña esperanza de que la siguiente mano sea mejor. No importa el juego, ni la mesa. Uno mira las cartas y piensa que, con un poco de suerte, la próxima vez tocará algo más fácil de jugar. Pero la vida reparte sin preguntar, y la mayoría de las veces hay que sentarse con lo que hay. No hay crupier amable ni comodines secretos. Lo que llega, llega. Y si quieres seguir en la partida, tienes que mover las fichas.
El entorno, el contexto, las circunstancias. Palabras grandes, pesadas, perfectas para justificar el cansancio. Es fácil mirar alrededor y encontrar razones para no avanzar: el jefe, la familia, la economía, la ciudad, el clima, el pasado. Cada uno con su propio mazo de excusas, bien barajado. Pero llega un punto en que la queja se vuelve ruido blanco. Un zumbido de fondo que no cambia nada.
Asumir la jugada
Hay una incomodidad en aceptar que la partida se juega así. Sin garantías, sin reglas claras, con cartas marcadas a veces. Asumir la jugada no es resignación, tampoco es valentía. Es otra cosa. Es mirar lo que hay y decidir, aunque sea a regañadientes, qué se va a hacer con eso. No hay un manual. Hay cansancio, sí. Hay rabia. Pero también hay una especie de alivio en dejar de luchar contra el reparto.
A veces uno carga con lo que no le gusta. Otras veces, simplemente lo deja estar. Ni héroes ni mártires. Solo personas que, por alguna razón, siguen sentadas en la mesa. El gesto de aceptar no es grandioso. Es silencioso, casi invisible. Pero pesa. Pesa más que cualquier queja.
La trampa de la queja
La queja tiene su propio ciclo. Empieza como desahogo, pero pronto se convierte en costumbre. Un lugar cómodo, predecible. Me quejo de lo que no puedo cambiar, y así me evito el esfuerzo de intentarlo. Es una trampa sutil. Uno se convence de que el problema es siempre lo de fuera. El clima, el sistema, los otros. Todo menos uno mismo.
Pero la queja no mueve nada. No cambia la mano, no mejora las cartas. Solo hace más lenta la partida. Más pesada. Más larga. Hay días en que parece que quejarse es lo único que queda. Pero hasta eso cansa. Y entonces, sin saber muy bien por qué, uno deja de hablar y sigue jugando.
El peso y el juego
No hay épica en esto. No hay triunfo oculto ni moraleja. Solo el peso de lo que no se elige y la decisión, a veces torpe, de seguir. Algunos días, la espalda aguanta. Otros, no tanto. La partida sigue igual. Nadie aplaude, nadie castiga. Solo el ruido de las fichas sobre la mesa y la certeza de que, con suerte, quizás en la próxima mano, algo cambie.
Pero, mientras tanto, toca jugar con lo que hay. Sin aplausos. Sin público. Sin garantías.
Para seguir pensando
– “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl
– “El mito de Sísifo”, Albert Camus