Salidas y sentencias

El trayecto de una palabra

Éxito. Una palabra que, en algún momento, solo significaba salida. Salir de algo, llegar a un punto donde el trayecto termina. No decía nada de cómo ni en qué condiciones. Era apenas un hecho: aquí termina esto. Un corte limpio. Sin juicios, sin adornos, sin la carga de la celebración o el fracaso.

Ahora, decir “éxito” es decir otra cosa. Ya no es la salida, es el veredicto. No es el final neutro, sino el triunfo. El lenguaje se ha estrechado. La palabra que era una puerta ahora es un podio.

Me pregunto cuándo fue que dejamos de ver la salida como suficiente. Si alguna vez lo fue.

El desenlace y su condena

Hay finales que no se sienten como éxitos, aunque lo sean. Hay salidas que no celebramos. El lenguaje nos empuja a juzgar el desenlace, a ponerle nota. No basta con llegar, hay que llegar bien. O mejor: hay que llegar mejor que otros, o al menos mejor que uno mismo la última vez.

Se pierde algo en esa traducción. La neutralidad del desenlace se diluye en la exigencia del resultado. El éxito deja de ser un lugar donde uno sale y se convierte en un tribunal. El desenlace, en vez de alivio, se vuelve condena o absolución.

A veces se siente como si el esfuerzo solo tuviera valor si termina en ese tipo de éxito. Como si la salida, si no es brillante, no cuenta.

La incomodidad de la meta

No es fácil sostener la ambición cuando el éxito ya no es una puerta sino una sentencia. El miedo a no cumplir con la expectativa se cuela por todas partes. El esfuerzo se vuelve sospechoso si no se puede mostrar. La disciplina, una especie de apuesta ciega.

Es incómodo admitir que el desenlace, por sí solo, debería ser suficiente. Que salir, aunque sea por la puerta de atrás, sigue siendo una salida. Pero el lenguaje no ayuda. No hay espacio para la neutralidad. Todo es juicio.

A veces pienso en la posibilidad de recuperar la palabra. De volver a un éxito que solo signifique haber salido. Pero no sé si es posible. Tal vez ya no sepamos cómo hacerlo.

Para seguir pensando

– Giorgio Agamben, “El uso de los cuerpos”

– Anne Carson, “Eros the Bittersweet”

– Roland Barthes, “La cámara lúcida”

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